Alberdi, liberal pragmático y la política argentina actual
Juan Bautista Alberdi no fue un teórico abstracto ni un ideólogo encerrado en debates de salón. Fue, sobre todo, un liberal pragmático, un pensador que entendió que la política no puede ser un juego de idealismos sino una herramienta para construir instituciones sólidas y ordenadas en un país que apenas empezaba a organizarse.
Su obra central, Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina, no nació para elaborar un programa utópico, sino para responder a un país fragmentado por guerras civiles y por caudillismos que obstaculizaban el progreso.
En su visión, la prioridad era el orden sobre la épica, las reglas claras sobre la pasión del momento, la estabilidad institucional sobre cualquier promesa de resultados inmediatos. Su célebre frase, “gobernar es poblar”, refleja un pensamiento profundamente pragmático: atraer población, capital y trabajo mediante instituciones confiables y libertades económicas, porque solo así el progreso puede ser sostenido. Para Alberdi, el Estado debe ser firme en sus funciones esenciales —garantizar justicia, seguridad y relaciones exteriores—, pero limitado, no debe destruir lo que la sociedad puede crear, y debe generar reglas claras para que la iniciativa privada, la educación y el esfuerzo humano sean los motores del desarrollo.
Cuando miramos la Argentina actual, los contrastes son evidentes. La expansión del Estado, la intervención directa en la economía y la polarización política muestran un camino muy distinto al que Alberdi imaginaba. El populismo, por ejemplo, utiliza al Estado como actor central de desarrollo, buscando redistribución y conducción política a través de subsidios, controles de precios y manejo discrecional de recursos. Su modelo busca solucionar desequilibrios inmediatos mediante decisiones políticas más que mediante la previsibilidad de las reglas.
Alberdi hubiera visto esto como un riesgo: la libertad verdadera solo existe si hay orden, reglas claras y consecuencias previsibles. Cuando las reglas cambian según el poder de turno, la libertad se convierte en licencia, y la responsabilidad se diluye.
Desde un enfoque estoico-práctico, puedo afirmar que el pensamiento de Alberdi encaja perfectamente. El estoicismo enseña a distinguir lo que depende de uno de lo que no, a actuar con prudencia y coherencia, y a priorizar la virtud y el orden sobre la emoción o la gratificación inmediata. Alberdi aplicó esto de manera política: construir instituciones sólidas y estables en medio del caos, entendiendo que no todo depende del legislador ni del gobernante, sino también de la adhesión de la sociedad a reglas claras y de la aceptación de consecuencias.
Esto conecta con la noción de sensibilidad social desde un liberal pragmático. No se trata de regalar o imponer beneficios sin esfuerzo, sino de estructurar la sociedad para que el trabajo y el capital de cada uno tengan sentido y valor. Ser sensible socialmente significa respetar el esfuerzo de los demás, crear oportunidades y marcos legales que permitan que el mérito, el trabajo y la responsabilidad individual prosperen. La sensibilidad social no es sentimentalismo ni caridad; es prudencia aplicada al diseño institucional y económico.
El equilibrio se rompe cuando surge la ideología populista: la promesa de libertad sin reglas claras, de derechos inmediatos sin responsabilidad, de decisiones políticas que privilegian la emoción colectiva sobre la estructura institucional. Allí, la libertad se confunde con licencia y el esfuerzo se devalúa. Desde la mirada alberdiana y estoica, la libertad y la responsabilidad son inseparables: uno puede actuar, pero debe asumir las consecuencias.
En síntesis, volver a las fuentes alberdianas hoy no implica cambiar la Constitución —que ya contiene esos principios— sino cumplirla de manera coherente. Significa generar reglas claras, seguridad jurídica, estabilidad institucional y respeto por el esfuerzo y la propiedad. Implica equilibrio fiscal, sí, pero de manera gradual y equitativa, evitando que la corrección recaiga de forma injusta sobre los sectores más vulnerables. Volver a Alberdi no es un ejercicio teórico: es actuar con prudencia, visión y responsabilidad, como lo haría un liberal pragmático guiado por principios estoicos.
Menos épica, más reglas; menos relato, más responsabilidad; menos promesa, más trabajo.
En un país como Argentina, donde la política suele privilegiar la emoción y el cortoplacismo, la lección alberdiana sigue vigente: sin orden institucional y respeto por las reglas, ninguna libertad es real y ningún progreso duradero es posible.
Comentarios
Publicar un comentario