Capítulo II: La Continuidad del Sueño

A veces me detengo a pensar que quizás todo esto —este cuerpo, estas manos, este pueblo y este río— no sea más que un sueño. Un sueño dentro de la mente de algo tan inmenso que mi escala de hombre común no alcanza a ver. Lo muy pequeño es invisible, pero lo muy grande también nos deja ciegos. 

Y en esa inmensidad, yo soy apenas una idea que transita.

He llegado a entender que mi vida no empezó el día que el médico anotó mi nombre en un papel. Empezó mucho antes, cuando fui concebido. Esos nueve meses en el vientre fueron mi primer acto, mi primera etapa de formación pura. 

Al ver la luz, no nací; simplemente cambié de estado. Salí a habitar esta "caja" que me prestaron para este segundo acto que ya lleva ochenta años de rodaje.

Dicen que nacer es empezar a morir, pero yo sospecho que es al revés: morir es empezar a nacer. El final de esta etapa no es un muro, es un horizonte. 

Es dejar la caja, volver al polvo y reincorporarme a la sopa original, pero con la memoria del camino hecho. Es la continuidad del sueño, pero con otras reglas que ya no necesitan de este envase.

Sé que no me voy a ir del todo mientras no me olviden. La verdadera muerte no es el cementerio, sino el silencio del recuerdo. 

Mientras alguien, para bien o para mal, pronuncie mi nombre o use una de mis ideas para encontrar su propio cauce, yo voy a seguir estando. Seré como el agua que se evapora: dejo de ser río a la vista de todos, pero sigo presente en la humedad del aire y en la lluvia que vendrá.

No me ocupa el tiempo que ya pasó, porque no lo "tengo" guardado, lo estoy viviendo. Estoy habitando este tramo final del segundo acto con la paz del que sabe que el tercer acto, el del polvo y la inmensidad, no es el fin de la función, sino el regreso al hogar donde todo empezó.

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