Capítulo III — La brevedad del destello y la paciencia del verde
En los capítulos anteriores reflexionamos sobre el cauce y la continuidad del sueño, pero hoy me ronda una idea que no puedo esquivar: lo pequeña que es nuestra existencia comparada con el reino vegetal, el animal e incluso con la materia inanimada que creemos dominar.
El ser humano vive inmerso en una lucha constante por trascender su propia finitud. Levantamos muros, construimos puentes y diseñamos obras monumentales que nos demandan años de esfuerzo y sudor. Creemos que, al cementar el suelo, hemos ganado una batalla. Sin embargo, es una guerra perdida desde el inicio.
Basta con ausentarse un mes y dejar la casa cerrada. Al volver, la realidad se impone: el polvo lo cubre todo, el pasto asoma por la mínima hendija del cemento y aparecen insectos que nunca habíamos visto porque nos dedicamos a combatirlos. El llamado “mantenimiento” no es otra cosa que un acto de resistencia artificial. Apenas cedemos un milímetro de espacio, la naturaleza —que observa con una paciencia ancestral— avanza y lo recupera. No necesita correr; sabe que todo lo que hacemos, por más sólido que parezca, es transitorio.
Esa mínima diferencia de conciencia es la que nos distingue de los animales y, paradójicamente, la que nos empuja a este absurdo. Pero esa misma conciencia nos vuelve seres volátiles y maleables. A diferencia de las plantas, el ser humano no hereda los avances de conciencia en su genética; depende de la transmisión de otros humanos.
Y aquello que recibe está inevitablemente teñido por la cultura, las creencias y las limitaciones de quien transmite. Hoy el hombre planea volver a la Luna y colonizar otros mundos, pero si la humanidad entera emigrara mañana, ¿cuánto tardaría la Tierra en borrar nuestro rastro? Prácticamente nada. En un parpadeo cósmico, nuestras ciudades serían selvas y el acero se volvería óxido.
La naturaleza no es permanente en sus formas, sino en su capacidad infinita de transformarse.
Incluso ante la muerte, nuestra escala es distinta. He observado que cuando un depredador toma a un animal de un rebaño, o cuando el hombre retira a uno de su grupo, el resto apenas se altera. Siguen pastando. Hay una aceptación tácita, una ausencia de apego que les permite fluir con el ciclo de la vida sin el peso del ego.
Nosotros, en cambio, no sabemos soltar. Nos angustia la finitud porque confundimos conciencia con posesión y existencia con permanencia.
Esta incapacidad de soltar no es solo individual; se cristaliza en estructuras sociales. La naturaleza no deja vacíos: cuando una especie desaparece, otra ocupa su lugar, muchas veces con una genética más adaptada al entorno. Ante las intervenciones humanas, la vida retrocede, se repliega y espera.
El ser humano, en cambio, parece estancarse en este aspecto. Si desaparecemos por guerras, catástrofes o colapsos sociales, somos reemplazados por otros que arrastran los mismos defectos, repitiendo con insistencia trágica los mismos errores.
Este estancamiento resulta funcional a líderes y “formadores” —políticos, religiosos o sociales— que se erigen como guías anclándonos al pasado. Utilizan lo que ya ocurrió como deuda o excusa para justificar su proceder, impidiendo que avancemos al ritmo del mundo natural.
Desde ese marco, nunca me sentí cómodo formando parte de la masa. Prefiero pensarnos como unidades conscientes, capaces de cuestionar el pensamiento dominante cuando este no aporta evolución. La disciplina cotidiana, la lealtad nacida de la convicción personal y no de la jerarquía, y la voluntad de reformar desde la acción son, para mí, una forma de coherencia.
Sin embargo, también he comprendido que la intensidad sin adaptación se vuelve rigidez. Evolucionar no es embestir los obstáculos con obstinación, sino integrar la lógica del agua: aprender a rodearlos con paciencia estratégica.
Tal vez, si aceptáramos que somos apenas un suspiro entre lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño, viviríamos con mayor serenidad. No somos dueños del paisaje, sino invitados fugaces que tarde o temprano serán reclamados por la tierra.
Por eso mi pensamiento es claro: no le debo nada al pasado; le debo todo al futuro. El futuro no se agradece. El futuro se construye.
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