Capitulo I: Memoria de un cauce - De la sopa al presente
Al principio, ni siquiera era "yo". Era solo una inquietud química en una sopa caliente y espesa. No había ojos, no había planes, solo había una urgencia sorda por persistir. En aquel caos de rayos y volcanes, aprendí la primera lección: la vida no pide permiso, simplemente sucede.
Me mezclé, me dividí, y en un abrazo que duró eones, dejé que otras células vivieran dentro mío para darnos fuerza mutuamente. No fue un pacto de caballeros, fue la pura necesidad de seguir fluyendo.
Después vino el silencio del hueso. Me puse una armadura de placodermo porque el mundo era un lugar de mordidas, y yo necesitaba proteger esa chispa que venía de la sopa. Fui pez de aletas carnosas, apoyándome en el barro, mirando una orilla que prometía otra cosa. No era ambición, era el cauce que me empujaba a salir, a probar el aire, a transformar mis escamas en piel y mis aletas en pasos.
Pasaron los millones de años como si fueran días. Me vi convertido en este animal extraño que camina erguido y habla. Me puse ropa, inventé leyes y cubrí mi instinto con un barniz de civilización. Me di cuenta de que el mundo se había llenado de otros como yo: algunos que todavía muerden como placodermos pero usan corbata, otros que simplemente se dejan llevar por la corriente sin preguntar a dónde van, y unos pocos que, como yo, entendemos el truco del maquillaje.
Hoy, ya más cerca del arpa que de la guitarra, miro el río y me reconozco en él. Entendí que no soy un guerrero que viene a mover las piedras del fondo; las piedras son la naturaleza del mundo y ahí van a quedar. Mi tarea no es cambiar el río, sino ser el agua que sabe esquivar el obstáculo sin perder el destino.
No busco aplausos ni quiero convencer a nadie. Mi paz consiste en acomodar las cargas, en limpiar un poco el paso para que los que vienen atrás encuentren un cauce más llevadero. Soy el resultado de una sopa antigua que aprendió que la mayor victoria no es vencer a los otros, sino entender el proceso y seguir fluyendo, con la constancia del que sabe que, tarde o temprano, el agua siempre llega a su mar.
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