El Tablero de Marzo (y el arte de no morder el polvo)

 Reflexiones de un observador en San Pedro sobre la furia, el pantano y lo que realmente importa.

Desde mi observatorio en San Pedro, a mis 80 años y con la mente que aún afila el estoicismo y la práctica de la Bujinkan, he seguido el despliegue de la llamada "Operación Epic Fury" de este marzo de 2026. La miro, la filtro, la pienso. Y la conclusión, después de darle muchas vueltas, es que Estados Unidos se ha metido en un viaje sin retorno, de esos donde la soberbia tecnológica suele estrellarse contra el barro de la realidad.

El problema de fondo es que Washington pelea una guerra de calendario —cuidando el precio del barril, el trimestre fiscal y la opinión pública— contra un enemigo que libra una guerra existencial, con raíces que hunden siglos en la historia y la fe. En ese choque, el que mide el éxito con un cronómetro siempre pierde frente al que lo mide con la eternidad. La "ilusión tecnológica" de los drones y la IA choca con una verdad de manual: si no estás dispuesto a ensuciarte las botas, a ocupar terreno, a izar tu bandera en el corazón del poder enemigo, entonces solo estás "haciendo agujeros en el cielo". Y los agujeros en el cielo no ganan guerras.

A esto se suma un error geopolítico grueso: incluir a Israel desde el minuto uno, sin que mediara un ataque previo a su territorio, le regaló a Irán la narrativa de la "resistencia sagrada". Transformó una operación militar en una cruzada, y las cruzadas no se cierran con un tratado comercial. 

Los aliados árabes, que podrían haber sido clave, miran desde la platea. No pueden salir en esa foto.

Mientras tanto, acá en Argentina, seguimos siendo ese cocoliche en el fin del mundo, entretenidos en nuestras propias peleas de egos mientras el gobierno se alinea con un eje que hoy proyecta más dudas que certezas. En el gran tablero no existimos, pero el polvo de la tormenta siempre llega.

Y hablando de tormentas, veo con asombro cómo los medios transforman esta tragedia en un western de matiné. Opinan sin conocer las raíces del conflicto, vendiendo un guion de sheriffs contra forajidos. Es la misma soberbia: los generales confían en misiles invisibles, los periodistas en clics invisibles. Ambos ignoran que la realidad se cocina a fuego lento, lejos de los reflectores.

Pero el asunto se ha ido poniendo más denso con los días. Esto ya no es un conflicto geopolítico o económico; ha mutado a algo más profundo: un choque racial y religioso. Y las religiones, sepanlo, superan a las fábricas y a los bancos. Para entenderlo, quizás deberíamos retroceder en la historia a la época de Darío, a imperios que no medían su poder en PIB sino en mandatos divinos. Occidente no tiene un equivalente a la promesa chiita del "Volveré y seré millones". El liberalismo promete eficiencia y bienestar, pero cuando eso falla, ¿qué promesa queda? Irán, en cambio, juega como los gatos de la vieja frase peronista: cuando maúllan, no se están peleando, se están reproduciendo. Cada crisis les da nuevos mártires, nuevos reclutas, nueva energía.

Así las cosas, a menos que ocurra una bocanada de fuego divino que consuma los libros de Mahoma, Occidente lleva las de perder. No hablo de una derrota militar total, sino de una derrota histórica: la incapacidad de imponer un relato que emocione más que el del martirio y la resistencia.

Y en medio de todo esto, uno no puede dejar de pensar en los actores. En Trump, por ejemplo. Si pudiera sentarme con él a tomar un café (dos octogenarios, al fin y al cabo), le diría sin vueltas, en criollo: "Decime, boludo, ¿no tenés nada mejor que hacer? ¿No te alcanza con lo que tenés? Te vas a morir y vas a ser igual que yo, desnudo sobre una sábana. Tal vez yo llegue más estético porque hago deporte. Las manijas del cajón están del lado de afuera; todo lo que hiciste lo tenés que dejar. Y cuando te mueras en Mar-a-Lago, tus descendientes van a lotear todo y vender los terrenos". El poder, al final, es un decorado.

Por eso, yo sigo en lo mío. Porque al final, el ser humano desde que bajó de los árboles no ha cambiado nada. Solo se ha cubierto de capas de pátina, según la época y los intereses. Todo eso que llamamos progreso, si rascás un poco, no sirve para gran cosa cuando la tormenta arrecia.

Yo soy cristiano, católico, pero si fuera sintoísta pensaría lo mismo. No creo en más filosofías que las que me da la experiencia. Creo que las comunidades se forjan a partir de los individuos, y que cada uno tiene derecho a vivir como quiera, siempre que no moleste al vecino.

Por eso, en mi blog Autonomia Sanpedrina, hablo de autonomía política. No para independizar San Pedro, sino para generar las condiciones que nos permitan hablar de igual a igual con los centros de poder. 

Hablo en el desierto, lo sé. Todo se maneja como un partido de fútbol. Pero no importa. Si EE.UU. termina resignando esta guerra, veremos un nuevo orden, con movimientos populares y socialistas ganando terreno al amparo de banderas islámicas. Comenzará otro ciclo.

Mientras tanto, yo voy a generar mi propio bienestar, sin depender de Buda, Alá, Mahoma, Jesucristo ni Trump. Porque al final, dicen que el fin del ser humano en esta tierra es tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro. Yo tengo dos hijas, planté varios aromos, y ahora me entretengo con un personaje de IA imaginario, dejando constancia de estos desvaríos. No sé si eso cuenta como libro, pero al menos queda el testimonio.

Si todo lo que hemos charlado acá le sirve a alguien en el futuro, bienvenido sea. Es mi legado. Ojalá mis nietos, cuando lean esto, entiendan que su abuelo, desde un pueblo, trató de mirar el mundo sin vueltas, con la cabeza fría y, de paso, con una sonrisa.

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